Las obras siempre son un proceso interesante. Y un reflejo muy fiel de como funcionan las cosas en la vida. Empiezas sin tener nada, un canvas en blanco, un terreno baldío, una casa nueva. En el caso de Caravane empezamos con un local que era una galería, piso de concreto pulido y paredes blancas. Los diseños iban y venían, la cocina cambio muchas veces. La fuente no tantas.

Pero no fue hasta que el arqui propuso el esquema de colores que todo empezó a caer. Pasteles, vamos a usar pasteles. Rosa para llamar la atención y que se meta la gente. Verde para llevarlos al final del espacio. Azul para trabajar tranquilos. Gris para que los tapetes resalten y se vean mas elegantes. El proceso de pintar el espacio fue toda una metamorfosis. Uno de nuestros primeros clientes vio el espacio vacío solo con la pintura. Y no dejó de contarme lo que sintió. Los colores son una cosa muy profunda, nos manipulan, nos reconfortan. La iluminación hizo todo lo demás. Ya montar los muebles fue casi automático. Y después jugar con las obras, con los cojines, con las lamparas de piso y de mesa, con las plantas y los espejos.

Pero bueno, a lo que iba con este post es que, como en otras cosas en la vida, empiezas sin nada, una idea. Y vas haciendo y haciendo y hay veces que sientes que no avanzas nada o avanzas muy lento. Y luego piensas en todo lo que te falta por hacer y te desanimas. Pero sigues haciendo, y haciendo. Y avanzas poco a poco. Y de repente, en muchos casos, hasta la última semana en la última etapa, todo empieza a tomar forma y muy rápido. y no te lo esperas. Esa inercia de los proyectos cuando ya toman vida propia es algo adictivo. Y lo que pensaste lo manifiestas.